NimiEdades

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que no me importaban los errores ortográficos (los de los demás, porque los míos -que los he tenido y tengo- siempre me han molestado bastante). Pero de un tiempo a esta parte, no sé si es por la edad o por la facilidad tecnológica que existe para su detección y corrección, pero me es desagradable observar ciertos errores ortográficos, de significado y de puntuación en colegas fisioterapeutas, que haciendo la labor más pedagógica, difícil y poco reconocida del mundo, como es escribir en un blog, "estropean" dicha labor con la existencia de errores que, inevitablemente, hacen dudar de la validez y del contenido de lo escrito.

Y no me estoy refiriendo al típico error de "b" por "v", o al escribir mal una palabra evidentemente por hacerlo rápido. Aunque ambos tipos de errores son nefastos, porque implican que no se ha leído posteriormente el artículo publicado, casi que me hacen sonreir. A mi juicio es mucho más grave el error sutil, ese error ortográfico que se ha producido porque el corrector automático no ha sido capaz de reconocerlo (y evidentemente el autor del escrito tampoco).

Cada año vas cumpliendo un año más. Es ley de vida y así tiene que ser. Cuando tienes veintitantos apenas te importa, no notas gran diferencia entre tener 22 y 23, pero llega una edad en la que la diferencia con tu vida anterior se va haciendo más evidente. Son esas pequeñas cosas que parecen irrelevantes, pero que al final son la sal de la vida porque conforman el día a día. Notas que te vas haciendo mayor cuando:

 

  • En las series de televisión los protagonistas son todos más jóvenes que tú. Hasta hace poco era al revés.
  • No reconoces el 80% de la música que oyes en la radio, no sabes a qué grupos pertenecen. Si alguna canción de la radio te gusta, la buscas y te das cuenta de que es una versión de un tema de hace 30 o 40 años. Por supuesto, te dicen nombres de grupos actuales o los buscas con Shazam y tampoco los conoces.
  • Prefieres una buena comida a una buena fiesta (lo de la "buena comida" no requiere segundas interpretaciones).

Cuando un paciente te regala un CD de María del Monte y otro de José Manuel Soto y a tu alumno en prácticas le regala el mismo paciente otro de Estopa, ¿Está insinuando un salto generacional entre nosotros tan evidente? Salto que, por otra parte, seguro que uno ya barruntaba pero se negaba a aceptar en toda su magnitud.

Ayer me corté cortando jamón. Perdonad la cacofonía anterior pero es la forma más corta y directa de exponerlo. Me encontraba en la cocina de casa, región poco frecuentada en general, lo que añade peligros en un hábitat ya de por sí bastante peligroso.

Abrí el paquete de lonchas de jamón serrano y me dispuse a trocearlas. ¿No pensaríais que estaba cortando lonchas de un jamón ENTERO? Eso sería para mí inalcanzable económica y digestivamente. La razón por la que tengo que recortar las lonchas ya precintadas de fábrica es doble. Primero porque tengo un gaznate de márques y los alimentos de baja calidad se me hacen 'pitraco', o 'bola' para que me entendáis todos; y segundo porque soy un cutre que compra barato. El jamón era (y sigue siendo porque me tiene que durar hasta Nochevieja) de lo más "modesto":

  1. Marca Carre4
  2. Las lonchas eran más finas que el propio plástico que dividía las lonchas, prodigio de la exactitud en el corte que raya la medición en nanómetros.
  3. Las vetas de grasa rondaban el 35% del volumen, razón que hacía más necesario un nuevo troceo y selección del alimento.

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